En el Suelo solo Queda Basura
15 de Febrero de 2026
Andando de camino a casa, de vuelta del trabajo, recuperé una vieja costumbre de la niñez: auscultar con cuidado el suelo en busca de tesoros o maravillas, o, en el mejor de los casos, dinero.
Esta costumbre se remonta a cuando era un infante y, en el ocio del aburrimiento en el parque, buscaba tesoros escondidos, joyas olvidadas por otros niños: una chapa, una canica o un coche de juguete.
A veces era yo el beneficiario; otras no encontraba nada, y en ocasiones mi pérdida se convertía en el tesoro de otro.
Decepcionado, casi llegaba a casa sin haber visto nada salvo basura, sin valor, ni siquiera para un niño.
Una radio rota o una pieza de algo habrían bastado para considerarse un tesoro, pero no había nada. Chicles, colillas y alguna caca —espero que perruna—.
Decidí desviarme solo para entrar al parque y revisar mis zonas habituales de juego, ya casi de hace treinta años. No había nada, no había nadie. Ya no se divertían con los mismos juguetes, ya no iban a las mismas zonas del parque, incluso ya no les dejaban ensuciarse con la tierra.
Cabizbajo, fruto de la frustración, volví a casa —apenas a tres minutos— y no podía pensar en otra cosa que en el hecho de que en el suelo ya no queda nada salvo basura. No hay tesoros, ni para adultos ni para niños. Así de pobres nos hemos vuelto: tanto como para no perder nada salvo basura, y tanto como para no ver los tesoros ocultos a ojos de niño.
Habría sido poético que lo siguiente ocurriera en la puerta de casa, pero sucedió días después, casi llegando al trabajo.
Amarillo como el oro, relució más en mis ojos que en el suelo: un maravilloso y preciado… objeto.
Parece una llave, pero es a la vez un cohete, y también una nave espacial.
Y pude sorprenderme, sentir una mueca en mi cara que no era otra cosa que una sonrisa.
¿Todavía habría esperanza?